lunes, 22 de agosto de 2011

DIÁLOGO DE BESUGOS

Estoy sentado nuevamente frente al mar, tomando mi zumo, mi café y mis tostadas, siguiendo mi rutina de las dos últimas semanas. Entre sorbo y bocado, leo mis apuntes del Siglo de Oro. Con mi imaginación paseando en un jardín del Renacimiento, intento acercarme al concepto de la dignidad del hombre de aquella época.

Pero de vez en cuando pierdo mi concentración y entonces observo lo que acontece alrededor. Varias familias desayunando cerca de mí. Una chica charla sin parar por teléfono con su madre. Un grupo de amigos ríe con las tonterías que dicen y que solo ellos entienden. Algo parecido a lo que sucedía con mis amigos de la universidad en la Semana Grande de San Sebastián hace algunos días. Una pareja sentada a mi izquierda se mantiene en silencio. Ambos leen. No se miran. Tampoco hablan. Me pregunto si estarán enfadados. Quizás ya se lo han dicho todo. O no tienen nada que decirse. ¿Quién sabe?

Justo a mi lado conversan tres personas. Dos hermanos, chico y chica, y su sobrino. Y entre ellos se produce un divertido diálogo de besugos:
- ¿Qué tal te fue ayer? ¿Te bañaste? –pregunta la tía en un intento de entablar conversación con el joven, de unos 17 o 18 años de edad.
- Casi no me bañé –respondió Carlos.
- ¿Y eso?
- Estuve jugando a fútbol. Había demasiado oleaje –prosiguió, sin pensar en que justo ayer el viento no nos visitó. La bandera verde lucía en lo alto del mástil de la torre de los vigilantes de la playa y no se oteaba una sola ola desde la orilla hasta el horizonte.
- ¿Te pusiste crema? –preguntó de nuevo la tía.
- Sí, en las manos –respondió.
- ¿En las manos? ¿Solo? ¿Y en la cara? ¿Y en el cuerpo?
- No, no hacía tanto sol –respondió el chico como si estuviera desayunando en una playa del Cantábrico en día de lluvia. Ayer se registraron las temperaturas más altas de todo el verano en el litoral catalán.

Después de unos segundos de silencio, su tío vuelve a la carga con una nueva batería de preguntas, como si de un concurso con premio a la respuesta más absurda se tratara:
- ¿Saliste anoche?
- No, llegué pronto.
- ¿Pronto? ¿A qué hora?
- A las 4.
- ¡Ah, pues sí! ¡Qué pronto! –responde el tío de Carlos con cierto tono irónico.
- Es que no nos apetecía salir anoche.
- Menos mal. ¿Bebiste?
- No.
- ¿Nada?
- Nada.
- Pues tu habitación apestaba esta mañana a alcohol.
- Bueno, solo un poco de calimocho.
- ¿Y por qué crees que está tomando una manzanilla? Si debe estar hecho polvo –sentencia su tía sin dejar de leer el periódico.

Los temas de conversación eran cada vez más interesantes, sobre todo cuando se empezó a tratar el futuro universitario del chico:
- ¿A qué universidad quieres ir?
- No sé. A alguna de Inglaterra.
- ¿Pero sabes inglés?
- No.

Así estuvieron conversando hasta que se fueron, momento en el que yo también decidí darme un baño para relajarme, para dar un descanso a mis neuronas y para pensar en el futuro de mis sobrinos. O mejor no.

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