miércoles, 18 de enero de 2012

LABIOS COMPARTIDOS

Así rezaba la canción del grupo mexicano Maná. Cuando mi amigo me contó la situación que estaba viviendo, supe que debía dar un paso al frente y decir basta a una vida surrealista que no merecía. Cada vez que a ella le apetecía, lo dejaba. Se iba de casa varios días y él no podía ni hablar con ella, pues estaba totalmente ilocalizable. Las primeras veces, la desesperación de mi amigo era absoluta. No sabía qué hacer, dónde buscar, con quién hablar. Después, se fue acostumbrando a las desapariciones de ella cada vez que discutían. De hecho, las mayores broncas se producían, casi siempre, cuando se acercaba el fin de semana. Y, llegado el lunes, ella regresaba. Él jamás supo dónde iba ella cuando se enfadaba y desaparecía.

Con el paso del tiempo, mi amigo se acostumbró a las desapariciones de su novia. Por más que preguntaba, ella nunca le dijo dónde se escondía, dónde se recluía hasta que se le pasaba el enfado y volvía a casa. El muchacho desistió. Dejó de querer saber. Empezaba a darle lo mismo. Llegó un momento en que, cuando ella se marchaba, se limitaba a esperar el inicio de la semana para volver a ver cómo ella atravesaba nuevamente los umbrales de la casa. Un par de días más sin mediar palabra entre ellos y, poco a poco, todo volvía a la normalidad. Cíclicamente, varias semanas de tranquilidad daban lugar a un fin de semana de desaparición, previa bronca monumental. Así pasaron varios años. Ni uno ni dos. Siete u ocho.

La cuestión es que él me contó lo que pasaba. Lo único que pude decirle es que él merecía mucho más. Y, por supuesto, que había otra persona en la vida de ella. Sé que fue como si le cortara el corazón con un cuchillo. Se lo dije con mucha calma, con todo el respeto posible. Su mirada, triste, desolada, perdida, me mataba. Pero, al mismo tiempo, sin palabras, en silencio, me estaba confirmando que no me equivocaba.

Solo podía hacer dos cosas: en primer lugar, decirle que tomara la decisión que tomara, aquí me tenía, y que el miedo a la soledad no lo paralizara. Y, en segundo lugar, darle ese abrazo necesario que pudiera arroparlo en un momento tan delicado.

Y lo que son las circunstancias, pocos días después, él supo que sus sospechas, y las mías, eran reales. Ella se refugiaba en brazos de su amante cada vez que él pasaba el fin de semana en la ciudad. Justo cuando él venía, ella se enfadaba con mi amigo para tener motivos para desaparecer. No hace falta profundizar en los detalles. Hoy mi amigo vuelve a sonreír, vuelve a ser feliz. Me contó la buena nueva no hace demasiado tiempo. Y me dijo que había enviado un e-mail a su novia donde le indicaba un link que contenía una canción que descubrió en su día gracias a mí:


(Esta historia está basada en hechos reales)

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