"LOS HOMBRES NO LLORAN"
Cuando los miedos que se esconden en las cavernas del olvido
afloran al descubrir que dudo y que me ahogo en aquel mar de inseguridad, pleno
de sargazos que me atan al fondo oscuro de un pasado que no puedo borrar, es
entonces cuando se pone de manifiesto que soy como el tipo aquel al que nunca
me quise parecer. Y entonces me pregunto los motivos de mi inquietud. Y miro
hacia atrás cuando realmente solo quiero alcanzar la línea del frente. “Los hombres no lloran”, dijo. Pero sus
ojos grises, fríos, tristes, casi cerrados, no disimulaban el llanto que
brotaba como manantial alpino y que mostraba las huellas de una derrota cruel e
inesperada. Sentado en la barra de aquel bar de carretera, mientras sonaba la
última canción que bailó con la mujer que robó su amor, su alegría y su
ilusión, aquel hombre que un día fue alguien y hoy es un don nadie para los
demás, mostró su fragilidad al mundo y lloró de forma desconsolada hasta que,
ebrio y vencido por el desaliento y la apatía, durmió hasta morir. Una noche
más se ahogaba en su propio mar de dudas y porqués. Y aquel viento del sur que
soplaba con fuerza y se colaba por mi ventana me trajo los recuerdos de
siempre, que nunca olvidé, y otra vez los malditos fantasmas me susurraron firme
y tenazmente que mis virtudes son escasas y numerosas mis miserias íntimas. Y
como nunca me gusté, y como siempre me avergoncé de ser como soy, decidí
recoger mis pertenencias, arriar la bandera de la mirada en la que quise habitar,
y buscar de nuevo el camino que nunca quise tomar, pero que siempre me
perteneció.



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