sábado, 21 de julio de 2012

CIUDAD DE DIOS

Mirando hacia el horizonte. Inalcanzable. Imposible, como no morir
Desde mi pequeño y siempre disimulado rincón del mundo, escondido cuando huyo de vanidades que arden en la hoguera, donde solo por el tejado podría entrar el sol, si no fuera porque siempre es de noche, donde solo las estrellas alcanzan para contemplar el sendero iluminado que marcaste con palabras sabrosas de cándida indecencia, donde solo algunos privilegiados han podido recorrer caminos de espléndida hermosura, donde las flores extienden sus alas de colores para dar la bienvenida al nuevo día, desde donde observo como mares y montañas se cruzan para conformar un horizonte inalcanzable, imposible, como no morir, allí donde guardo mi escudo y mi armadura, me cubro el rostro con las manos pero me descubro ante ti para sostener con excelsa rotundidad que seguiré escribiendo cada providencial capítulo en el libro de esta vida que no duele. Porque no, porque el destino no está escrito, ni marcado, pero este pensamiento agustiniano no deja de susurrarme al oído que nada es casualidad, que las cosas pasan porque (cuando) tienen que pasar.



2 comentarios:

  1. Me gusta leer lo que escribes, trovador. ¿Hay a la vista una próxima entrada?

    ResponderEliminar