martes, 25 de julio de 2017

PERVERSIONES EN UN MOTEL DE CARRETERA



Ray Caesar, Day Trip, 2011
«Motel Ishtar. Kilómetro 13 de la Nacional II. Habitación 17. Hoy a las 23 horas», decía escuetamente aquel mensaje escrito en papel perfumado y escondido de forma intencionada en un lugar donde solo ella lo encontraría. Motel Ishtar. Allí, justo allí, ella puso punto final a una historia que nunca debió empezar. Allí mismo, en aquel lugar donde todo empezó, todo acabó.

Era joven y aún creía que el amor sería infinito. Se dejó cautivar por el brillo de sus ojos oscuros y se dejó llevar por tenebrosas palabras falsas que entre líneas expresaban pasión, pero en el fondo solo dibujaban la amarga silueta de una dolorosa traición. Se dejó llevar y cayó en las redes de su verbo escondidamente lujurioso.

Le costaba respirar. Tembló. Se detuvo en varias ocasiones. Miró hacia atrás. Avanzó sin dejar de temblar. Y llegó a la habitación 17 de aquel motel de carretera. Eran las 11 de la noche. Allí empezó todo y allí se dejó llevar por sus deleitosas palabras, por su sonrisa de fingida ternura, por sus dedos expertos capaces de hacerla estremecer, por su sexo depredador, infame e irrespetuoso, del que se colgó para entrar en aquel laberinto de lascivia y perversión. Y ya no pudo salir. No supo.

Allí empezó todo: años de sumisión, de castigo, de dolor. Sexo. Solo sexo. Sexo sucio. Asco. Odio. Aversión. No hubo paseos románticos por lugares elegantes. Solo habitaciones de motel. Más sexo. Sexo compartido en habitaciones donde tres o más no eran multitud. No hubo besos enamorados. No hubo planes de boda. Solo sexo. Se derrumbaba el mundo que había construido años atrás en su mente adolescente, antes de ser mujer, antes de llegar a la universidad donde luego conocería al que creyó el hombre de sus sueños, aquel que presentó en familia, aquel que la citó en un motel de carretera. Moría cuando descubría que no era ella su princesa. Al menos su única princesa. Y así pasaron los años. Angustiosos años de repugnante rechazo. Años en los que se hundía en el barro y perdía cualquier atisbo de esperanza. No podía salir. No sabía.

Ray Caesar, 2011
Su suerte cambió una tarde de verano. Él cumplía con el papel de novio adorable ante su familia. Ella lloraba en silencio por los años perdidos y por su cobardía. Fue entonces cuando pudo sentir de nuevo el olor de aquel perfume. Su hermana pequeña leía un papel que luego dobló y guardó. Aquella noche, justo a las 23 horas, en la habitación 17 de un motel de carretera, con un abrecartas de plata ella pudo romper su corazón obsceno en mil pedazos. Con lágrimas en los ojos, antes de que pudiera corromper la virginidad de su hermana, convirtió en fantasma y en pasado a su amante pervertido.

© José Antonio López Arilla, 2017.

lunes, 29 de mayo de 2017

HOY NO HAY VERSOS

Mi tío allá por los años 80

Hoy no hay estrofas. No alcanzan mis versos porque no encuentro palabras. Y sin palabras no hay manera de dar forma al contenido de mi llanto.

Porque, aunque sé que hace tiempo que perdiste la esperanza, nunca pensé que llegaría este momento.

No hay palabras. Hoy solo tengo lágrimas y una lluvia constante de recuerdos de mi infancia aragonesa.


martes, 4 de octubre de 2016

DOCTOR AMOR

Atardecer en Heidelberg
Dices que el doctor del amor nunca aparece cuando es tu piel quien más lo necesita. Hoy extrañas. Hoy y tantos días. Extrañas y dudas porque guardaste sus besos en tu maleta de los dulces recuerdos para no soñarlos en silencio cada madrugada, pero siguen caminando junto a ti, agarrados fuertemente de tu mano, escondidos bajo las sombras que envuelven tu pasado.

Tratas de olvidar, pero no puedes. No puedes porque son más fuertes los pensamientos que el deseo de acallar la rebelión de tu memoria. No podrás. Ya nunca podrás porque en tu piel quedó grabado su nombre y el color de sus ojos, que turbaron tu paz y tu sosiego para siempre, que te hicieron cruzar mares y surcar los cielos.

Helados elixires que nublan los juicios
Porque no es soledad lo que tú sientes. No es soledad, no. No es soledad y tampoco compañía. Porque sigues soñando en silencio cada madrugada unos labios que no olvidas y que a menudo te recuerdan no tan lejanas tardes de helados elixires que nublaban los juicios y hacían que tu prudencia llegara a pronunciar sin miedo húmedas palabras.

Hoy, como ayer, te escudas en tu olvido y el olvido en tu silencio. Pero él sabe que recuerdas aquellas puestas de sol que ambientabas en playas de cálidos licores que proponían invitaciones disparatadas y promesas que no se harían realidad.


domingo, 17 de enero de 2016

RECUERDOS DE UNA MADRUGADA ARDIENTE QUE HABRÁ DE LLEGAR

Ese era su mundo. Aburrido, oscuro, terco, hostil, hosco y desabrido. Ese era su mundo. Un asco disfrazado de turbada y fingida quietud, de falsa paz, de absurda calma, de odiado sosiego, de una rutina que cada día embriagaba sus horas desde que en plena madrugada despertaba hasta que el día agotaba sus hastiadas horas. Ese era su mundo. Esa era su vida. Un mundo que detestaba y al que ya no quería pertenecer, y una vida cuyo guión deseaba volver a escribir. Y pese a todo, su paso seguía siendo firme y decidido.

Cuando menos lo esperaba y cuando ya solo el tedio la cubría con los sombríos ropajes del pesimismo vital, apareció el gentil muchacho de noble sonrisa y se la llevó. La envolvió con un placentero abrazo y la besó. Caminaron después de la mano por el escenario de la gran ciudad, perdidos entre la gente. Sin palabras, en silencio, sin misterio, abstraídos, navegando por mares de futuro. Así llegaron hasta la habitación del hotel que guardaría los recuerdos de una madrugada ardiente. Cerraron la puerta, pero abrieron las ventanas para que la libertad pudiera ser testigo de la pasión desenfrenada de los nuevos amantes. Llegado el alba, poco les importaba ya el pasado.


sábado, 16 de enero de 2016

CAE LA NOCHE Y HACE FRÍO

Fue en ese lugar en el que se encontraron dos desconocidos cuyas miradas nada extrañas parecían entenderse desde el principio de los tiempos. Allí fue donde sus almas se enfrentaron cuerpo a cuerpo en una cruenta batalla sin sangre que acabó con vencedores sin vencidos. Una bandera blanca. Horas de paz y sosiego. Cae la noche y hace frío. Hasta pronto. Hasta siempre.

Pasarán los años. Como en el ajedrez, volverán a colocarse las piezas en el tablero de los juegos donde la destreza cae rendida ante los poderes mágicos del azar que deja sus frases escritas en el pergamino del destino. La dama y el rey. La torre. Los caballos. El alfil. Todo quedará metódica y cuidadosamente dispuesto.

Cuando el tiempo se haya agotado, ya en el crepúsculo del combate, la negrura de las tinieblas y la noche arderán de madrugada para regalar al alba los ecos de sus voces entrecortadas, que quedarán grabadas con sangre en sus pieles mojadas del mismo modo que lucirán tatuadas las marcas de sus labios y las huellas de unos dedos cuyo aroma se enreda entre los brazos del deseo y los apasionados antojos del sexo ansiado.

Cae la noche y hace frío. Y en su soledad, ella volverá a aparecer sentada en su sillón de los recuerdos, con su imagen grabada entre sus manos. Y esperará la llegada del alba en silencio para no perderse cada nota de la suave melodía de una voz que la acaricia y que la guía hacia el arrebato lujurioso de su éxtasis.



martes, 1 de diciembre de 2015

DESEO CONSTANTE DE VOLVER A VERSE

En mitad de la tormenta, un abrazo envuelto entre los ropajes de una promesa eterna. Se cruzan las miradas y la chispa del deseo alimenta sonrisas disfrazadas de disimulada ternura. Se rozan los cuerpos sin tocarse, con solo mirarse. Se aman en silencio, casi sin hablarse. Sus “te quiero” funden en su imaginación el hielo de las cadenas que marcan el sentido de su perenne hastío.
Luego se despiden. Se desean, se piensan, se recuerdan y se encuentran. Desde entonces, pese a la distancia, cada cierto tiempo rompen las desesperantes ausencias que separan sus caminos para unirse y convertirse en un solo ser en algún lugar de cuya pared cuelga un dibujo en cuyo centro destaca un corazón idílicamente enamorado, atravesado por una flecha y con dos nombres escritos con letras bañadas en oro. No hay preguntas. No hay lamentos. Solo el deseo constante y resignado de volver a verse.



domingo, 29 de noviembre de 2015

NUNCA ES TARDE

Nunca es tarde, piensas, cuando grita más tu silencio que tu voz callada, quebrada a escondidas por sentimientos que no logras apagar y envuelta por el abrazo cálido de palabras lejanas de quien sientes tan cerca. Encerrada en los límites de reflexiones ocultas, indecibles e inescrutables, agotas cada tarde de este otoño sentada en la plaza de los árboles que perdieron sus hojas y que deseas pintar con los colores de la lluvia fina. Allí, con la mirada perdida, abrigada por el frío húmedo de ese escogido momento de soledad, tarareando las canciones que te recuerdan a él, dejas pasar el tiempo hasta que el reloj del campanario marca la hora. Un día más llega el momento en el que la realidad te golpea y tacha con la falsa pluma del destino aquel futuro que siempre escribes en ese cuaderno de secretos inconfesables que guardas bajo tu colchón. A poca distancia, siempre en tus pensamientos, alguien espera tu carta. Nunca es tarde. Piensa, cree, desea.


jueves, 19 de marzo de 2015

SONETO PARA UNA BRUJA LOCA

Luis de Góngora, Francisco de Quevedo y Lope de Vega

Entre tinieblas, una bruja loca,
maliciosa, malévola y malvada.
Es como un pez, que muere por la boca,
poco educada y siempre amargada.

El diablo, si la lee, se desboca,
porque entre letras muere sofocada
por su mollera pétrea como roca
y su soberbia siempre acalorada.

De espíritu soez y alma arrabalera,
pérfida intención, oscura y ladina,
fingida amistad, falsa compañera.

Si me avista su cara gongorina,
será de ella mi ánima prisionera.
Soplagaitas de lengua viperina.



© José Antonio López Arilla

UN BESO DE ESOS

Una canción recomendada (de la banda sonora de Samba):

Un beso, uno de esos que se describe con elocuencia y sabiduría, y se practica con maestría y gran destreza, aparece cuando menos te lo esperas… Uno de esos, sí, uno de esos que te roba el aliento y te lo esconde entre los pliegues del vestido que te pones como escudo para no sentir el fuego que deseas y que dibuja en tu sonrisa el encontronazo de esta desequilibrada justa.

Es solo un beso. Pero es uno de esos que sueñas cada día, aun sin quererlo, y plasmas bermejamente en tu cuaderno de estudiante. Es ese beso en un papel como reflejo del anhelo de saltar mirando hacia las estrellas y de volar para romper con la distancia imaginaria que pretende apartar al creador del fruto de su talento.

Tan solo un beso, uno de esos que hace sonrojar y da calor al gélido y casi perpetuo instante en que nuestros labios emprenden caminos divergentes. Se rompe entonces la armonía de aquellos sonidos que solo nosotros no oímos. ¿Qué somos? Horas eternas. Día inmortal. Pensamientos vagos. Delirio irracional, sin sentido y sin juicio.

Kiss, de Leonid Afremov (1955)
Es inevitable. También ineludible. Meditas. Te quejas, discreta, entre sollozos apagados. Meditas de nuevo. ¿Por qué no? Amor. Amor propio. Amor pasajero. Amor fugaz. Amor al fin y al cabo. Amor sin más. Siempre amor. Imbuida en tus oscuros pensamientos noctámbulos, vuelves a preguntarte qué será de ti mañana, aunque yo quiero verte hoy.

Por un beso de esos suspiras. Quiero. Pero prudencia, sosiego y silencio son las armas que manejas con admirable pericia para apaciguar el ardor de una pasión sin límites. Un beso de esos reclamas. Uno de esos que siempre añoras y que yo compongo entre mis notas cuando me piensas, cuando te sueño, cuando me cuentas, cuando te escribo...


José Antonio López Arilla © 2015

martes, 3 de marzo de 2015

BREVES CRÓNICAS DE UNA GUERRA CIVIL

Finales del siglo XIX. Fuente Vaqueros. Nace un niño que jugará con las letras y convertirá en arte cada palabra. 1936. Guerra Civil. Año I del Desastre, del Sinvivir. Guerra y odio. Bandos enfrentados. Azules y rojos. Nacionales y republicanos. Más guerra y más odio. El 18 de agosto, en un lugar situado entre Víznar y Alfacar, un hombre es ejecutado. Muere el escritor y nace la leyenda. Uno más. Solo uno más de cientos de hombres y nombres anónimos. De cientos de miles de víctimas inocentes que pagan las consecuencias de un conflicto bélico causado por el obcecamiento absurdo y por el ofuscamiento soberbio del ser humano.

"En la calle de los muros han matado a una paloma.
Yo cortaré con mis manos las flores de su corona":


A setecientos kilómetros de la provincia de Granada, otro pueblo tranquilo. No llegaba a los cuatrocientos habitantes. Entre sus vecinos, tres grupos: nacionales, otra vez; republicanos, de nuevo; e indiferentes (indiferente como sinónimo de temeroso). Una traición. Maldita alevosía. Algún renegado desleal. Un delator. En plural quizá.

Foto de Agencia Efe publicada en El País
Una mañana de septiembre del mismo treinta y seis, varios camiones repletos de militares hacen acto de presencia para romper en mil pedazos el sosiego y la vida de cuatro hombres, de sus familias y de sus amigos. Fue testigo un niño, hoy anciano casi centenario.

Al primero lo cogieron en un rincón de su bodega, entre cubas de aceite y barricas de vino. El segundo fue apresado en un escondrijo que se había construido en el corral donde cobijaba su ganado y cuya existencia pocos conocían. Al tercero fueron a buscarlo al campo. Guerra. Odio. Llanto. Rabia. Rencor. Resentimiento. Dientes apretados. Susurro de voces apagadas que claman venganza.

Entre burlas y golpes, el cura, cuarto prisionero, escuchaba la voz del verdugo diciendo que ese no era su bando. Un error que le hubiera podido costar la vida de no haber sido sobrino de un obispo cercano al régimen. Tuvo suerte. Dios, la Virgen y todos los santos lo llevaron a Francia a través de caminos, montes, hambre, frío y penurias. Dejó los hábitos después de susurrar a la imagen divina del Salvador que volvería para matar a los asesinos de sus amigos. Después se casó con una joven francesa y tuvo varios hijos a los que no contó cómo llegó hasta allí. Nunca volvió.

"Instantáneas de la Guerra Civil española" en www.planetasapiens.com
Por aquella época, en una tasca de Barcelona, un hombre que rozaba los cuarenta disfrutaba de un vaso de vino tinto después de una dura jornada de trabajo. Un compañero de trabajo, su único amigo en aquella tierra a la que no hacía demasiado tiempo acababa de llegar, lo había invitado por su cumpleaños. De pronto, ruido de sirenas, policía nacional. Redada implacable. Nueve o diez clientes detenidos. También el dueño del bar. Condena despiadada sin un juicio justo. Sin juicio. Sin razón. Sinrazón. Ocho años de prisión. También tuvieron suerte. Otros fueron fusilados sin más.


José Antonio López Arilla © 2015

EN LAS AGUAS DE EROS


La tenue luz de una lamparita que adornaba una mesita de noche luchaba contra la oscuridad de una habitación con vistas. Dos cuerpos sobre una cama se entrelazaban entre las sábanas de un encharcado campo de batalla. En sus torsos desnudos se reflejaba la humedad del éxtasis recién acontecido en ardua lid. Era el resultado del deseo que nació desde la primera mirada.

El frío desaparece cuando me miras. Me levanto para contemplar desde tu escondida ventana el verde y el marrón del cafetal que envuelve la finca en la que siempre pensaste en recluirme para hacerme tuyo. Y es el puerto. Y es tu mar. Y los tonos azules que se mezclan para calmar mis miedos. Y es tu cuarto serenamente decorado. Y es tu cuerpo de mujer que se envuelve entre mi ropa. Y es mi piel. Y es mi voz. Y es la luz de unos ojos que se clavan en los tuyos para hacerte perder el control. Y es mi perfume, que te revuelve los pensamientos.

Era ella disfrazada con atuendos de timidez. Alma de princesa. Cuerpo de mujer. Bajo su piel, esencia e instinto de animal. El humo que brota del afrodisiaco incienso aparece discontinuo e irregular por el ansia rebelde de su respiración al sentir la boca ávida de su antagonista besando el ardiente centro de su ser. Candor salvaje, brava suavidad. Un dulce gemido, lejos de ser un lamento, brota de su trémula y palpitante garganta al sentir cómo su afilado ingenio incandescente conquista su sexo en el eléctrico combate de aquellos dos cuerpos conectados en franca comunión carnal que ahora cabalgan de manera desenfrenada hacia un objetivo bañado en un mar de locura y deseo.

Te busco en otras miradas, en otros cuerpos. Registro los recovecos de mi ininteligible razón por si tu imagen, a veces altanera y altiva, pero siempre mágica, quedara tatuada frente a mí en cualquier pared, en cualquier espejo, en cualquier papel, en mis versos, en tu canción. Sí, altanera, altiva y soberbia porque tratas de luchar contra tus sentimientos aun sabiendo que tendrás que disfrutar del sabor de la derrota. Una derrota ni amarga ni injusta que sabrás gobernar a tu antojo para, a escondidas, regalarte momentos de privada ternura, sentada en tu sofá, con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en su imaginario regazo. “Es complicado”, susurras una y otra vez.

Él la imaginó sentada en la terraza del jardín de una plaza adornada por árboles centenarios, cuya copas repletas de hojas trataban de luchar contra los rayos del sol, que pretendían colarse entre las ramas para iluminar el escenario donde bailaban los más cálidos pensamientos de una mujer que soñaba con volver a fundirse en el siempre referido perpetuo abrazo y en el beso que recordara que él sería siempre el protagonista de su eterno retorno. Su destino.


José Antonio López Arilla © 2015

sábado, 16 de agosto de 2014

CUANDO NOS VOLVAMOS A ENCONTRAR

"El tango del amor", obra de Leonid Afremov
Ocurre en esos efímeros instantes en los que la razón se vuelve gris como las nubes que envuelven la celda desde donde escribo estas palabras cuando te pienso. Y es entonces también cuando te imagino frente a mí en un baile improvisado. Sobreviviré. Suena la canción que me dibuja en tus pensamientos cada día que no estoy frente a ti y sueñas con un beso mágico que te regale realidad y que rompa la distancia que esculpe abrazos inviables.

Distintos y diversos. Imposibles y lejanos. Lágrimas de alegría. Silencio roto por el llanto jovial de una madrugada de agosto en la que la lluvia acompañó unas palabras que retrataban un futuro incierto que fue escrito en un pasado que nunca será lejano por estar envuelto de presente. Y escribes “cuando nos volvamos a encontrar” en un papel que luego guardas en tu cuaderno de los secretos inconfesables.

Una dama valiente, princesa de América, en aquella finca bañada en un mar de plantas de café, lee en silencio un libro cuyo autor nunca pudo imaginar aquellos momentos de buscada soledad, pues solo así podía regalar libertad a su siempre juiciosa razón.

Desde mi celda te pienso...
Contemplo a través de la claraboya de mi docta mazmorra cómo el viento trata de arrancar con violencia los árboles que rodean esta ineludible fortaleza. Viento, dije. Viento que se alía con el tiempo para intentar, de forma infructuosa, borrar las huellas de un sentimiento indeleble. Entre las nubes, un rayo de sol se abre paso para iluminar lo que escribo. Contemplo, medito, te pienso y me pierdo de nuevo en las reflexiones vespertinas que, pese a tu ausencia, protagonizas con tu voz y con tu mirada.

Imaginé por un momento que te habías marchado…


José Antonio López Arilla © 2014

domingo, 13 de abril de 2014

MADRUGADA DE SUEÑO Y ENSUEÑO

¿Solo fue un sueño?”, me preguntaba al despertar aquella mañana de nostálgica melancolía.

De día y de noche, sigues siendo, una vez más, aquel sol de madrugada al que siempre me refiero y que aparece para recordar lo que fuiste. La luz de las estrellas no brillaba más que tu mirada cuando, emocionada, me desarmabas recorriendo mi cuerpo con tus pensamientos escondidos. Aquellos que tú creías que no percibía.

¿Me sigues deseando?”, vuelvo a preguntarme. Solo fue un sueño, sí. Un sueño que estuvo a punto de hacerse realidad. Que se hará realidad. Algún día. ¡Quién sabe! Pero solo un sueño. Un sueño deíctico. Hoy. Aquí. Sin más.

Las reflexiones de un excéntrico poeta despistado y descuidado se revuelven y se mezclan con la obligación de ser más sabio y el vano intento de ser mejor persona. Una lucha continua, permanente y siempre presente, de naturaleza infame. Un compromiso interior que se debate entre el deber de ser fiel a sí mismo o el tributo vital de ser fiel a los demás. Pero sigue siendo un sueño.

Un sueño porque te sigo buscando. Un sueño porque te voy a encontrar. Un sueño porque nunca te fuiste. Un sueño porque volverás.

Amanece y sigo respirando, pero no estás a mi lado. Amanece y muero porque te extraño, y pienso de nuevo que solo pudo ser un sueño. Amanece y cierro los ojos para escribir en un papel imaginario el guion de nuestras historias vividas en eternas madrugadas efímeras. Amanece. Amanece y este lecho helado solo extraña tu cuerpo, aunque nunca te tuvo. Pero un deseo constante te piensa y te sueña.

Sabe el cielo que dos caminos se cruzaron de forma clandestina allá donde el horizonte difuminaba la luz crepuscular de nuestros anhelos. Una pasión pendiente sin más pretensión que alcanzar la felicidad del par de seres yuxtapuestos que guardaban en un bolsillo el dos de corazones.



José Antonio López Arilla © 2014

jueves, 13 de marzo de 2014

LA LADRONA DE LIBROS

La "ladrona" de libros
Quizás fue culpa de la ladrona de libros. Nunca lo voy a saber. Dice la voz que me susurra en las madrugadas que no duermo que hoy no amanecerá. La angustia asalta la nocturna paz de mi habitación y los espíritus sosegados de mi serenidad se convierten en los fantasmas que luchan cada día por conquistar nuevas tierras dentro del imperio de mi vitalidad. Mi sentido del humor se desvanece.

Otra vez es mi ventana la única salida. Pongo nombre a las estrellas y maldigo a la luna, que parece inerte y petrificada. Dibujada en la oscuridad del cielo, parece burlarse de mí y de mi destino. Cuento las horas que faltan para que los primeros rayos de sol aparezcan en el horizonte. Solo así me sentiré tranquilo.

Escribo en mi cuaderno de los secretos mal guardados cada uno de mis pecados, miserias, errores y ausencias provocadas, por placer o por desidia, por gusto y diversión o por dejadez y abandono, porque quise hacerlo así o porque no supe hacerlo mejor.


La hoguera donde arden los papeles que nunca pierdo...
Tres páginas escritas y una conclusión repetidamente evidente. Libros arden en la hoguera del desatino humano y yo quemo los papeles que nunca pierdo en el fuego que renueva mi ingenio. Después, una nueva negación golpea otra vez el centro de mis expectativas. Si es obvio y patente mi final destino, ¿por qué no encuentro el camino? Una niña enamorada de los libros me mostró anoche que dentro de mí siguen habitando los duendes de la creación. Cientos de ideas, miles, se enzarzan cuerpo a cuerpo en la dulce y grata batalla por quedar plasmadas en los murales de mi cosmos creativo.

Dicen que un filósofo griego, nacido en la ciudad de Estagira, escribió que la memoria es el escribano del alma. Pero yo no puedo recordar. Solo consigo imaginarte. Y en mis pensamientos vuelvo a dibujar aquella sonrisa mortal que me inspira en estas noches de realismo y confusión. Entre tanto, en la inimaginable distancia, una princesa no duerme porque extraña la presencia de aquel hombre que honrará con ardor y vehemencia la belleza de su deleitoso jardín de los deseos.



José Antonio López Arilla © 2014

martes, 11 de marzo de 2014

POESÍA ERES TÚ

"Quiero que bailes conmigo..."
Un sol despreocupado y solitario se afana en esconderse entre nubes grises que traerán copiosas lluvias en este mar de urbanidad vespertina. Gentes del mundo agradecen cualquier gesto de ajena amabilidad, mientras los lugareños deambulan cabizbajos, como si no tuvieran alma, camino de un destino que ni alegra ni llena.

Es entonces cuando veo la mirada de unos ojos extraños cuyos pensamientos se desordenan al comprobar que, si amanece mañana, el día será como este, que se cierra a ritmo pausado, sosegado, tranquilo… Y una lágrima cayó en el gris asfalto sin querer llamar la atención.

A su izquierda, entre tanta deshumanización, un anciano con sucios harapos no esconde su falta de morada, pero tampoco su sabiduría y elocuencia. Sonríe, recuerda y recita versos de su niñez con aires de juglar. Un soneto de Quevedo, otro de Góngora. Un poema de Machado, unos versos de Poeta en Nueva York:

                    En la marchita soledad sin honda
                    el abollado mascarón danzaba.
                    Medio lado del mundo era de arena,
                    mercurio y sol dormido el otro medio.

Frente a él, un muchacho de cabello largo y barba de varios días, con tejanos viejos, camiseta manchada y zapatos desgastados del paso a paso de cada día, toca una rumba lenta con su vieja guitarra, sin quitar la vista del amable caballero sin hogar.

De pronto, aquella lágrima perdida, aquella gotita de pena que vino acompañada de un sollozo y de su lamento, fue atravesada por un tímido rayo de sol y en el cielo se dibujó un arcoíris. Joven y anciano quedaron deslumbrados al contemplar la belleza de aquella estrella de exóticos rasgos que lloraba sin consuelo.

— ¿Quién te hizo mal, niña? dijo el poeta septuagenario. ¿Quién lastima así tu corazón y te castiga con el suplicio de tan cruel amargura?
Diez años hace hoy, amable señor, que no puedo abrazar al ser que yo más quiero —respondió la muchacha.

El músico, intrigado por la historia que pudiera ocultarse detrás de aquel llanto y de aquellas palabras, invitó a la joven dama a sentarse junto a ellos. Después, pidió al sabio disfrazado de forma andrajosa que le dedicara unos versos:

— En este momento vienen a mi pensamiento unas letras que mi abuelo siempre recitaba de forma histriónica, cual personaje de comedia romántica… dijo el anciano sin dejar de sonreír. ¿Sabéis quién es Bécquer? ¿Qué es poesía?, dices, mientras clavas en mi pupila tu pupila azul, ¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas? Poesía… Eres tú.

Después, la guitarra volvió a sonar. El joven músico cantó una canción sin dejar de mirarla y acabó diciéndole: “quiero que bailes conmigo y no quiero que nos echemos de menos el tiempo que vivamos”.


José Antonio López Arilla © 2014